Soy un Ave Fénix

¿Quién en su vida no ha pasado por momentos difíciles, momentos en los cuales cree sentirse morir? Creo que a todos nos ha pasado alguna vez. Para una adolescente convertirse en madre soltera sin así desearlo es un gran problema para ella, para un niño que llora porque derramó su jugo en el piso, pensando en que lo pueden regañar también es un gran problema para él.

¿Y quién se atreve decir que el problema del niño es menor que el de la joven embarazada? Para cada ser humano su problema es el más grande de todos. Con este pensamiento, deseo mostrarles uno de los rincones más íntimo de mi corazón.

¿Por qué un ave Fénix? Dentro de la Mitología griega existe una hermosa historia de un ave que, según la leyenda, vivía en el Edén. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, de la espada del Ángel que los desterró, salió una chispa y prendió en fuego el nido del Fénix. Como esta ave fue la única en no comer del fruto prohibido se le concedieron entre muchos dones el don de la inmortalidad. Y así cada vez que se acercaba el tiempo de morir, hacía un nido, ponía un huevo que empollaba y al tercer día el ave se encendía en llamas y, al quedar en solo cenizas, resurgía del huevo y de esta manera era eterna. Así considero mi vida; un constante morir y renacer con más fuerzas que nunca. Muchos han sido los sueños que he tenido, algunos los he alcanzado con la ayuda de muchas personas y otros los he alcanzado sólo, pero siempre con la mirada puesta en Dios.

Hace poco creí morir, quemarme y pensé que ya no resurgiría de las cenizas de mis pensamientos, de mis temores, de mi dolor. Por más que luchaba, no lograba levantarme. Reía como el famoso Garrick, reía por no llorar. ¡Y cómo mentía! Muchas personas que veía en el camino creían que reían conmigo, por el contrario reían solas, mi risa era hueca. Sin embargo, de entre la espesa bruma de las cenizas de mi vida, un rayo de esperanza se posó en mi corazón y el ave Fénix de mi dignidad brilló nuevamente. Nada ni nadie pudo destruirla porque desde siempre he cuidado de ella, como he cuidado de mi alma y Dios cumple sus promesas: Él no abandona a ninguno de los suyos.

Hoy quiero decirles que ya mi sonrisa no es hueca, que le río a la vida con carcajadas llenas de ilusión y comparto la alegría de saberme querido por todas aquellas personas que me tendieron la mano cuando más las necesité. Lo que había perdido realmente nunca lo perdí, porque nunca lo tuve. ¡Soy feliz porque veo día a día el milagro de Dios; mi Vida!