Sobre lo fácil de enamorarse de una mujer triste

Hay veces que no te enamoras de una mujer. Te enamoras de su tristeza. Eres tan idiota que crees que tú vas a ser su héroe, su rescatador, su panacea.Y es que al principio tú la ves como una tristeza bella. Como una dama del siglo XIX que ha nacido en el momento equivocado, y por eso suspirada lo que respira.

Es curioso como esas mujeres tristes parecen imanes. Nos atraen, nos quedamos pegados a ellas, y durante el tiempo que compartimos su vida somos realmente felices sólo el día que parece que las hacemos felices a ellas. Y al principio son muchos, y la vida cambia de color, y hasta nos engañamos pensando que es por nuestro buen hacer, que “quizás sólo yo sé como lograr que sea luz”, que nos necesita más de lo que nosotros la necesitamos a ella. Hasta parece que las hayamos rescatado de un pozo. Pero cada vez esos días son más espaciados en el tiempo, menos frecuentes.

Y nos autoculpamos, y caemos un poquito en esa espiral de tristeza que todo lo hace blanco y negro. Y ya no sabes qué hacer, como mejorar, como sacar los colores del cajón y volverlos a esparcir por toda la habitación de la que algunos días ella ni sale. Y puede pasar que llegando al final lo que ocurre es que te envuelve en ese halo de tristeza tan perturbador, que tú veías encantador al principio. Ya ves, un despiste de palabras que te aboca al derrotismo.
Y al final, porque el final siempre llega en una relación así, te ves pensando que quizás sería más feliz sin ti, pero prolongas mucho tiempo el salir de su vida porque no sabes si eso la haría aún una mujer más triste.
Y es que no hay nada más triste que hacer más triste a una mujer triste.